
Después de leer varios textos: artículos, crónicas, hasta un libro, encuentro poca información sobre el origen de la leyenda de ‘Joselito’ barranquillero. Exploro como arqueólogo de tumbas egipcias las redes sociales sin obtener mayor información sobre el alucinante personaje. Quedo petrificado al saber que regresará del más allá el martes de Carnaval para dar por culminadas las fiestas del Rey Momo, sin haber escrito nada sobre él.
‘Joselito’ es una de las historias que me deslumbró desde joven por el misterio que esconde el personaje y que en los textos leídos no detallan a profundidad el origen como leyenda urbana. Sin embargo, la investigación continua con la conversación de conocedores del tema y finalmente hallo la crónica escrita por el periodista Carlos Ramos, publicada en un portal en el año 2024 (Tras los pasos de Joselito Carnaval:¡hay, Jose, el lamento alegre del eterno retorno), la cual tomo apartes para escribir esta nota. Desde entonces, salí de la penumbra para animarme a narrar esta fascinante historia que nace en uno de los barrios populares de la ciudad, no de un país extranjero, para convertirse en una impronta del Carnaval de la Arenosa. Así empieza esta aventura:
José Nicolás Ariza, residía en el barrio Rebolo, entre los sectores de Maturín y El Matadero. Por costumbre se levantaba temprano. Ese día, 29 de febrero de 1924, sábado de Carnaval, y por cierto bisiesto, madrugó para irse a trabajar. La mañana era vaporosa y una vez desayunó se despidió de su señora madre alcanzando a decirle en la puerta de la calle las siguientes palabras: “Si no regreso, no me esperen ni me busquen, el martes me recogen con palas”. Esta no creyó en las palabras de su hijo, puesto que siempre manifestaba lo mismo en víspera de las fiestas de Carnaval, al aparecer sano y salvo.
Dicho lo anterior, José Nicolás, emprendió la travesía por la calle San Francisco para dirigirse al taller de construcción de féretros de propiedad de la familia italiana Fallece Garizabalo, ubicado en la misma calle con Callejón de Bocas de Cenizas, donde trabajaba como cochero. Para fortuna suya el carro de tracción animal que conducía, de propiedad de un señor de apellido Molinares, fue alquilado para el desfile de la Batalla de Flórez en su recorrido por el Paseo Colón, hoy Paseo Bolívar, con la presencia de la reina central Isabel Elvira Sojo.
Con una mano atrás y otra adelante, José Nicolás, se sintió libre por primera vez al no tener que trabajar el sábado de Carnaval y antes de regresar a casa prefirió visitar los amigos del sector de Monigote del barrio Rebolo, para jugar una partida de dominó y beber con los amigos vendedores del mercado el trago del momento, Gordolobo. Desde entonces, nadie lo volvió a ver, en la noche ni en el día. Quienes lo hicieron por última vez dijeron que lo encontraron a orillas del caño de la Auyama defecando con el culo hacia el caño y sorpresivamente un cocodrilo emergió de las profundidades para prensarlo en sus poderosas mandíbulas y sumergirse en las mansas aguas para desaparecer. Otros se atrevieron a afirmar que se convirtió en camaján para asistir a los funerales de una famosa matrona en la población de Ciénaga para firmar en la finca Neerlandía el final de la Guerra de los Mil Días y conocer de paso al general Rafael Uribe Uribe; otro más, se disfrazó de Monocuco para despistar a las novias con las que no quería parrandear las fiestas de Carnaval; otro, acompañó al grupo de letanías Las Ánimas Negras de Soledad a la finca La Luz de dicho municipio; otro, lo vieron a los alrededores de la Plaza 7 de Abril bailar con las putas porro sabanero; otro, los chinos del callejón de los ‘Miaus’ de la plazoleta Ugüeta lo hicieron picadillo para preparar un arroz especial; otro, en la Calle Ancha unos gitanos lo convirtieron en marioneta de circo para las funciones nocturnas; otro, en el barrio Las Nieves, embriagado de tanto beber, lo empolvaron con almidón de yuca y al caer un aguacero se convirtió en estatua de yeso que exhibe una capilla de la ciudad. Pasaron los días y nadie daba razón de José Nicolás Ariza. Los familiares y las novias se distribuyeron para buscarlo. Lo hicieron por el barrio Rebolo y no lo encontraron. Lo buscaron por el mercado público y tampoco lo hallaron. En el taller de féretros donde trabajaba les dijeron que estuvo el sábado, pero se fue con las mismas al informarle que el coche que conducía fue alquilado para carroza de carnaval. Denunciaron ante las autoridades su desaparición para que emprendieran la búsqueda.
Nadie dio razón de José Nicolás Ariza, ni muerto ni vivo. Al tercer día de desaparecido, es decir, lunes de Carnaval, los familiares lo declararon muerto ausente e iniciaron los preparativos fúnebres para el sepelio. La funeraria donde trabajaba donó el féretro, el cual fue colocado en la sala de la casa en cámara ardiente, pero sin el difunto en su interior. Los vecinos y familiares del finado llegando al velorio escuchando el sollozo desgarrador de la madre el cual era acompañado por el de las novias y el de las plañideras.
Entretanto, a las afuera de la casa los contadores de chistes animaban el dolor. Al terminar de referir el cuento se escucharon las carcajadas de los presentes que deleitaban sorbos de café tino y calentillo en pocillitos de vidrios. Al transcurrir las horas la casa se fue colmando de gente y al amanecer corrió el rumor que lo hallaron en el sector del Boliche, ebrio, pintado de blanco y envuelto en una túnica de color negro fúnebre sin signos vitales y con una botella de ron vacía al lado de los pies como muestra de haber bebido todo el ron del mundo. Los amanecidos del velorio emprendieron la estampida con el cajón al hombro para corroborar el rumor que terminó siento verdad. Estaba tirado en el suelo boca arriba como una cucaracha sin moverse y la piel del color del jamón de Nueva Orleans para comprobar que estaba muerto. La mamá y las novias no dejaron de llorar una vez se cercioraron que era el cuerpo de él. Se escuchó decir a una de ellas, en su dolor: “¡Ay Jose, te fuiste para siempre!…y me dejaste preñada”.
Una vez el inspector de Policía fue comunicado de la muerte del desaparecido se dirigió al lugar para el levantamiento del cadáver de José Nicolás Ariza, encontrándose con la sorpresa que el muerto resucitó al levantarse de golpe del suelo por el bullicio en el lugar. No estaba muerto sino ‘peao’. Asustado y aturdido por el gentío a su alrededor llegó a decir: “realmente no estaba muerto, andaba de parranda”. La leyenda de ‘Joselito’ Carnaval se construye de tradiciones orales, memorias colectivas, creaciones literarias e historias familiares. Es el texto que recojo y recreo literariamente respecto al escrito por el colega Carlos Ramos, el cual reúne los elementos de una verdadera leyenda urbana.
El martes de Carnaval la reina central vestida de negro cuervo y acompañada de una nutrida comitiva, a la que se suman otros dolientes, desfilan por las calles de la ciudad en un cortejo fúnebre al escucharse los sollozos estridentes de las novias despidiendo el alma de ‘Joselito’ al más allá en señal de haber culminado las carnestolendas.